Pedro Friedeberg estudió arquitectura en una época en la que la función, la eficiencia y la racionalidad dominaban buena parte de la disciplina.
Pero él parecía interesado en todo lo contrario. Pedro no quería seguir el minimalismo, le parecía aburrido e intrascendente donde él veía la imposibilidad y los colores.
Goeritz encontró en Friedeberg una sensibilidad cercana a su propia crítica del funcionalismo y lo impulsó a abandonar la carrera para desarrollar un lenguaje más libre, entre arquitectura, dibujo, escultura y objeto.
Siendo ya su mentor, Goeritz le pidió algo aparentemente sencillo: mantener ocupado a José González, el carpintero con quien trabajaba.
Friedeberg comenzó diseñando algunos muebles hasta que, casi como una broma, imaginó algo distinto:
Una silla con forma de mano.
La palma funcionaba como asiento, los dedos como respaldo y una forma completamente absurda comenzaba a borrar la frontera entre mobiliario, escultura y objeto artístico.
Una silla que ganó presencia mundial
Goeritz, mostró el trabajo de Friedeberg a Georges Keller, galerista y coleccionista vinculado con Nueva York. Al solo verla, le pidió hacer más.
La pieza comenzó a circular y Friedeberg entró rápidamente en un proceso de internacionalización: en 1962 ya exponía en Nueva York y París, y durante los siguientes años su trabajo llegaría a Washington, Lisboa y Múnich.
Pero uno de los reconocimientos más importantes llegaría desde el propio surrealismo.
En 1963, Alice Rahon envió una fotografía de la Mano-Silla a André Breton, fundador y principal teórico del movimiento surrealista.
Breton respondió desde París reconociendo en la pieza una sensibilidad cercana al surrealismo. Aquella mirada ayudó a colocar el trabajo de Friedeberg dentro de un círculo artístico internacional con el que ya compartía afinidades: humor, absurdo, imaginación y una constante oposición a la lógica de lo funcional.
Ahora era una carta de presentación ante el mundo.
Del objeto a un universo
Pero la Mano-Silla no quedó como una excepción dentro de su producción.
Se convirtió en la base de una manera mucho más amplia de pensar el arte-objeto.
Friedeberg empezó primero con una mesa y esa lógica llevó a la Mano-Silla, que a su vez generó sillones y otros muebles en los que la función siempre parecía estar a punto de convertirse en fantasía: objetos que podían utilizarse, pero que nunca dejaban de sentirse como esculturas.
A ellos se sumaron mesas de manos y pies, piezas como la Manopié, relojes, ajedreces, camas, sillones y muebles diseñados incluso para su propia casa.
Era la misma lógica que aparecía en sus dibujos y pinturas.
Geometría, ornamentación, perspectivas imposibles, símbolos, humor y una resistencia constante a que las cosas fueran simplemente lo que debían ser.
La Mano-Silla no solamente se convirtió en la obra más reconocible de Pedro Friedeberg.
También condensó muchas de las ideas que seguiría explorando durante décadas: la crítica al funcionalismo, la influencia de la arquitectura, el surrealismo, el cuerpo convertido en objeto y el placer de construir algo deliberadamente improbable.
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